Sí, sí, como lo oís, la historia ha ido así: resulta que tras la desaparición de E, toda la familia se volcó en su búsqueda y se organizó una batida por la casa. Viendo los pocos resultados que daban las pesquisas, el Gato Miguelín, uno de los que más había acusado la ausencia de E, decidió contratar los servicios de una profesional. No, de una pilingui no, de una detectivesa privada.

Y así fue que un día, después de concertar la visita por teléfono (que me dejó lleno de arañazos), Calamitosa Hammer rasguñó la puerta y preguntó zalamera: "Hola, ¿el señor don Gato?". Y ya iba yo a soltarle que estaba "sentadito en su tejado" y a cerrarle la puerta en los hocicos -pues en casa nunca habíamos tenido un tal "señor " y mucho menos un "don"-, cuando caí en la cuenta de que gato sí teníamos, pero que al estar acostumbrados a llamarlo por su nombre o por apelativos cariñosos del estilo "minino"y "maldito gato del demonio" o incluso a no llamarlo, no lo había relacionado con alguien tan distinguido.
Resumiendo: que llamé a Miguelín como me salió de mis santos morrongos y los dejé charlando en la salita de té. Horas después, Calamitosa se despidió con un apretón de zarpas y salió brincando por los tejados con gracia felina.
Al poco, volvió a aparecer en casa, arrastrando tras de sí a E, borracho de tinte peleón, al que había encontrado cantando "desde Santurce a Bilbao" con una par de cabbage patch kids de medio pelo en la mercería de la esquina.

Y mientras la familia se abrazaba a E por turnos para no chafarlo, Miguelín le plantó un sonoro beso a Calamitosa en los hocicos. Total, que el enamoradizo de Miguelín había caído rendido a sus patas. Sin embargo, siendo Miguelín alérgico al zinc y viviendo Calamitosa en un tejado de dicho material, su romance estaba predestinado al fracaso. Miguelín no ha vuelto a ser el mismo desde entonces, se pasa las noches por los tejados, maullando su tristeza -con el consiguiente riesgo de que los vecinos le arreen un botellazo-, incluso ha olvidado los más básicos principios felinos de higiene personal y desde hace días que no visita su cajón. Lo que Miguelín no sabe es que Calamitosa en realidad vive con mi hermana y que tal vez algún día sus caminos volverán a cruzarse.
2 comentarios:
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Ya íbamos echando de menos esas historias y esos peculiares animalillos...
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